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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://unagrandeyrepublicana.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>BORRADOR REPUBLICANO</title><description>Las dos Rep&#xFA;blicas se tratan de s&#xF3;lo una, que a&#xFA;n vive y trata de volver a tiempos mejores. Incomprendida por sus seguidores, fue Liberal y Socialista y en ambos casos desat&#xF3; terribles efectos secundarios: Part&#xED;a de malos cimientos.</description><link>https://unagrandeyrepublicana.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>LA REP&#xDA;BLICA M&#xC1;S LOCA DEL MUNDO</title><link>https://unagrandeyrepublicana.blogia.com/2006/081101-la-republica-mas-loca-del-mundo.php</link><guid isPermaLink="true">https://unagrandeyrepublicana.blogia.com/2006/081101-la-republica-mas-loca-del-mundo.php</guid><description><![CDATA[<div style="text-align: justify"> <div><div>LA REP&Uacute;BLICA SIN PLAT&Oacute;N.</div><div>&nbsp;</div><div><div>Edici&oacute;n a cata y cala    Garant&iacute;a de calidad Trapezos&reg;.</div><div> Toda la verdad y un poco m&aacute;s.   Asista a la g&eacute;nesis de esta historia del Siglo XIX, verdadera verdad de aventuras terribles.</div><div>&nbsp;</div><div>   CUANDO ESPA&Ntilde;A EMPEZ&Oacute; A REVENTAR</div><div>&nbsp;</div><div><div>  <div><div> El Siglo XIX, &eacute;poca de desastres y tejemanejes, fue el m&aacute;s lleno de historia, el m&aacute;s movido y apresurado de cuantos ha vivido Espa&ntilde;a hasta el momento. Y el m&aacute;s injusto, fel&oacute;n y sangriento. Se dir&iacute;a que nuestra sociedad perdi&oacute; la cabeza una vez que supo que hab&iacute;a perdido la honra a manos de la francesada y la verg&uuml;enza a causa de Carlos IV, Fernando S&eacute;ptimo, Napole&oacute;n, Pepe Botella y la Pepa.</div><div>&nbsp;</div><div><div><div>	Espa&ntilde;a comienza el Siglo XIX en 1801, con Carlos IV reinante, aquel Borb&oacute;n que retrat&oacute; Goya junto a su familia, demostrando:</div><div>&nbsp;</div><div><div>   <div><div>	A).- Que el pintor ten&iacute;a un mal&iacute;simo concepto de aquel grupo de personas, a las que retrat&oacute; en alma y cuerpo. Sin complejos.</div><div>&nbsp;</div><div><div>   <div><div> B).- Que, en efecto, el Rey Carlos y los suyos debieron ser algo torpes porque no se dieron cuenta del poco favor que les hizo Goya, y le pagaron el escarnio; porque caras como las del Rey, la Reina y el entonces infante Fernando, son escarnios y, adem&aacute;s, profec&iacute;as.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Mal se presentaba el siglo inaugurado entre la efervescencia Napole&oacute;nica, la continuidad de los Pactos de Familia, aunque con los borbones franceses substituidos por el imperio del Gran Corso y los pocos alcances de sus gobernantes que descansaban sobre un garrido mozo, antiguo Guardia de Corps pasado por el lecho real, tambi&eacute;n llamado Pr&iacute;ncipe de la Paz. Sin duda el t&iacute;tulo se lo dio Carlos IV, aquel pobrete incapaz de prever el futuro que le aguardaba.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Fue empezar la centuria y desembocar en la lucha napole&oacute;nica contra Inglaterra, que mala la hubo en la batalla naval frente al cabo Trafalgar, hermoso nombre para valientes muertes, y brav&iacute;os gestos, empezando por la de Espa&ntilde;a. All&iacute; se hundi&oacute; la mejor flota espa&ntilde;ola, privando al Imperio del reino de los mares, lo que llev&oacute; a Inglaterra, casi en el acto, a atacar Buenos Aires y otros lugares de Espa&ntilde;a algo alejados del tumulto europeo, aunque pensaban ya en organizar sus propios tumultos, todos desconocedores de que, doscientos a&ntilde;os despu&eacute;s, la armada espa&ntilde;ola acudir&iacute;a al mar ingl&eacute;s para felicitar a la Home Fleet y a su reina por la singular victoria de Trafalgar y no mencionar que, pese a todo, los espa&ntilde;oles arrancamos la piel de aquel pirata que se llam&oacute;, en el siglo, Lord Nelson.</div><div>&nbsp;</div><div><div> El Pr&iacute;ncipe de la Paz, Manuel Godoy, haciendo gala de perspicacia, tard&oacute; poco en autorizar a los ej&eacute;rcitos de Napole&oacute;n para que atravesaran Espa&ntilde;a y ocuparan Portugal, tradicional aliado de Inglaterra y patria de los vinos de Oporto, muy estimados por la corte brit&aacute;nica. Era Godoy un pedazo de persona: hermoso, p&iacute;cnico y, para entonces, gordo y algo fofo. Le gustaban las mujeres y dem&aacute;s placeres de sobremesa y, con sus haza&ntilde;as cameras, no malas, dio en pensar que dispon&iacute;a de un notable talento, gracias al que Espa&ntilde;a fue invadida a la vez que Portugal, con la corte encantada por tan poderosos hu&eacute;spedes, los afrancesados pas&aacute;ndose ediciones de la Enciclopedia Francesa, y el pueblo, abierto el ojo, pregunt&aacute;ndose c&oacute;mo nadie se daba cuenta de que, desde la morer&iacute;a, ning&uacute;n ej&eacute;rcito extranjero hab&iacute;a pisado el solar espa&ntilde;ol.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Eran el progreso, que nunca cesa en su carrera hacia las malas noticias, y la estupidez, unas veces cong&eacute;nita y otras de conveniencia. Los sucesos posteriores a la llegada de la &ldquo;arm&eacute;e&rdquo; francesa e imperial, siguen algo confusos. O sea, se sabe lo que pas&oacute;, pero no se sabe si Carlos y Fernando ten&iacute;an siquiera caletre o estaban afectados por la regresi&oacute;n de alg&uacute;n cromosoma de origen franc&eacute;s.</div><div>&nbsp;</div><div><div> El caso fue que, abdicando los unos en los otros y teniendo en Bayona a Napole&oacute;n de juez (que ya era tentar a la suerte m&aacute;s de lo admitido), result&oacute; rey de Espa&ntilde;a Jos&eacute; Bonaparte, Jos&eacute; Primero, alias Pepe Botella, que s&oacute;lo ha sido reivindicado cuando en Espa&ntilde;a se ha vuelto a imponer la vieja costumbre de alabar a los invasores: &aacute;rabes cult&iacute;simos y franceses ben&eacute;volos e ilustrados, o sea, un ejemplo que m&aacute;s nos vale seguir en beneficio del teatro de variedades.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Todo parec&iacute;a atado y bien atado, hechas las entregas de Espa&ntilde;a y de su verg&uuml;enza al Emperador, con Murat en Madrid haciendo chistes sobre la lenidad de los altos mandos del Ej&eacute;rcito Espa&ntilde;ol y preparando planes por si el pueblo acababa d&aacute;ndose cuenta de la ilustraci&oacute;n que le hab&iacute;a ca&iacute;do encima.</div><div>&nbsp;</div><div> <div> Y as&iacute; fue. Tuvo que ser una viejuca que, al pasar frente a palacio, vio lo que vio y grit&oacute;, con ese pronombre tan familiar: &ldquo;&iexcl;Que se nos los llevan!&rdquo;. Pan bendito, lector, y despertador garantizado de almas hisp&aacute;nicas. El pueblo de Madrid, que parec&iacute;a abstra&iacute;do en sus asuntos y pensando m&aacute;s en los Sanisidros, y en los manteos de monigotes, que en los berzas de sus amos, se despabil&oacute; y se puso a cazar franceses. Tantos como pudo. Y repetidamente. Los Capitanes Generales parece ser que se hicieron los distra&iacute;dos y el peso de la sublevaci&oacute;n contra los invasores cay&oacute; sobre oficiales de Artiller&iacute;a e Infanter&iacute;a, sobre el Parque de Montele&oacute;n y sobre un tal Malasa&ntilde;a, que s&iacute;, que la ten&iacute;a. Todos, los oficiales, Montele&oacute;n y Malasa&ntilde;a resultaron destruidos pero, al menos, con honor y verg&uuml;enza patria. Ya antes Murat puso en funcionamiento un cuidadoso plan para motines e hizo cargar a su caballer&iacute;a mora, los mamelucos, sobre el pueblo de Madrid, compuesto a la saz&oacute;n por majas y por chisperos, cada cual con su faca en la faja o en la liga, sin comprender que estaban inaugurando la llamada &Eacute;poca de las Naciones.</div> <div>&nbsp;</div> <div><div><div> De aquellos mamelucos, en estado salvaje y bigotudo, qued&oacute; el dicho de &ldquo;portarse como un mameluco&rdquo;. Si Napole&oacute;n miraba las cosas desde cuarenta siglos de distancia en perpendicular, los mamelucos, m&aacute;s prosaicos, se produc&iacute;an a sablazos porque ya no eran exactamente los mamelucos de los sultanes del El Cairo, famosos por ser castrados y fieros.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Casi a la vez, el Alcalde de Torrej&oacute;n, popular por tener las ideas claras en un mundo confuso, sali&oacute; al balc&oacute;n de su aldea y declar&oacute; la guerra a Francia. Una guerra que en Espa&ntilde;a conocemos como la de la Independencia y en el resto del mundo como la &ldquo;Guerra Peninsular&rdquo; que, por cierto, gan&oacute; don Arturo Wellesley, Duque de Ciudad Rodrigo (que asol&oacute; &eacute;l mismo), m&aacute;s famoso como Wellington, hombre constante y de muy mal perder.</div><div>&nbsp;</div><div><div> As&iacute; las cosas, los Espa&ntilde;oles se pusieron a luchar, a excepci&oacute;n de los afrancesados de entre los que Jos&eacute; Bonaparte escogi&oacute; a los administradores, ministros y corregidores. No se enga&ntilde;e el lector: no era gente blanda sino gente que consideraba que era el momento de modernizar Espa&ntilde;a, o sea, de convertirla en una segunda Francia, mediante el empleo contundente de una constituci&oacute;n liberal que acabara con los privilegios. Adem&aacute;s, Napole&oacute;n, prodigio de invasores, les dec&iacute;a que de eso mismo se trataba y los t&iacute;os se lo cre&iacute;an, siempre y cuando siguieran con sus cargos en la Espa&ntilde;a Moderna. Oh, desgraciado Siglo Negro.</div><div>&nbsp;</div><div><div> As&iacute;, desde el principio, mientras los espa&ntilde;oles, en partidas, daban la vida por Espa&ntilde;a y por el gusto de cepillarse franceses a la salud de Fernando VII, El Deseado, monarca absoluto; mientras los espa&ntilde;oles, de uniforme, ganaban la batalla de Bail&eacute;n y derrochaban valor en los sitios de Zaragoza y de Gerona, los afrancesados, sin elecciones, se nombraron representantes de todos los espa&ntilde;oles y, encerrados en C&aacute;diz, donde las gaditanas se hac&iacute;an tirabuzones con las bombas francesas, iban haciendo la primera constituci&oacute;n espa&ntilde;ola siempre que dejaban de discutir sobre toros en aquellas famosas Cortes.</div><div>&nbsp;</div><div>&nbsp;</div><div><div>    INCISO SOBRE EL DESOREJAMIENTO DE ESPA&Ntilde;A   	</div><div>&nbsp;</div><div>Espa&ntilde;a lo es tanto y de tal manera que la mayor&iacute;a de los espa&ntilde;oles no se percatan de que, pese a las cantinelas de sirenas, seguimos viviendo un tiempo especial para nosotros, prolongado desde la francesada ac&aacute;. &iquest;D&oacute;nde si no aqu&iacute; se puede leer un titular que no conseguir&iacute;a traspasar las fronteras sin levantan oleadas de miedo? Es de un peri&oacute;dico convervador-liberal, si tal mezcla es posible: &ldquo;&iexcl;QUE ALGUIEN ENSE&Ntilde;E A MATAR A TALAVANTE!&rdquo;</div><div><div>&nbsp;</div><div> En Espa&ntilde;a se vive rodeado por lo extraordinario de modo que ya s&oacute;lo se entiende lo extraordinario: lo dem&aacute;s, lo de diario, hast&iacute;a. Y ese gusto por lo poco com&uacute;n, siempre unido a la cultura nacional, inici&oacute; su Edad de Oro con CarlosIV y Fernando VII, aquellos reyes de g&eacute;nero chico y de mente aguada, que entrambos no dispusieron de diez gramos de escr&uacute;pulos en efectivo ni de los 1300 cc. de cubicaje exigibles a la primera magistratura.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Estamos en la parte previa al objetivo de este Libro, &ldquo;La Rep&uacute;blica sin Plat&oacute;n&rdquo;, y la intenci&oacute;n era una peque&ntilde;a cabalgada por los antecedentes, pero no se puede hablar del meollo del drama del Siglo XIX y dejar pasar las sucesivas abdicaciones de Bayona ante Napole&oacute;n Bonaparte y comprender que, en el plazo de unos d&iacute;as Espa&ntilde;a tuvo hasta tres reyes a la vez. No precisamente consecutivos sino al tumulto. Sin estas exageraciones del talante no se entender&aacute;n los casi dos siglos en que nos descalaveramos a-nosotros-mismos. As&iacute; que este historiador, que es de catapl&iacute;n republicano, lo cuenta, y all&aacute; el lector con las consecuencias que se desprenden de los hechos y que a&uacute;n vivimos: son como un tic que arponea cromosomas &ldquo;Y&rdquo; que pasan de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. No menos de ocho veces.</div><div>&nbsp;</div><div><div> &Aacute;tese el cintur&oacute;n de seguridad y &eacute;ntrese en lo que hizo de este reino una Espa&ntilde;a esquizofr&eacute;nica, o sea, con el alma partida. Con el alma rota y los perendengues flojos. </div><div><div> Se empieza con una cita -reciente- del Feldmariscal Von Thies, en su &ldquo;Historia de la chufla aplicada&rdquo;. Bonn, 2015, de la colecci&oacute;n &ldquo;Ediciones para la prevenci&oacute;n del Bacilococo&rdquo;, donde se capta lo ya advertido: que en Espa&ntilde;a se viv&iacute;a, en 1808 y ahora, inmersos en lo extraordinario:</div><div>&nbsp;</div><div><div> &ldquo;Cuando pap&aacute; e hijo pidieron a Napole&oacute;n que hiciera de &aacute;rbitro en la zapatiesta que ten&iacute;an entre ellos, &aacute;quel (Napole&oacute;n) comprob&oacute; in situ la clase de berzas que ten&iacute;a delante, especialmente cuando, el fel&oacute;n devolvi&oacute; la corona a su pap&aacute;, aquella que le quit&oacute; en Aranjuez, y el pap&aacute;, libremente, la puso a los pies de Napole&oacute;n que la acept&oacute; encantado. </div><div><div> Entonces Napole&oacute;n pens&oacute; en darle la corona a Luciano, a otro hermano y finalmente a Pepe, es decir, que tuvo que tardar alg&uacute;n tiempo en decidirse y, mientras tanto, Napole&oacute;n fue rey de Espa&ntilde;a &iquest;Por qu&eacute; no figura en la lista de reyes espa&ntilde;oles? Habr&aacute; que solucionar esa injusticia.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Adem&aacute;s de la felona familia real en Bayona, el Consejo de Castilla y la mayor parte de la nobleza acat&oacute; la decisi&oacute;n de sus ex-soberanos y de Napole&oacute;n; y tambi&eacute;n un tal Carlos, hermano de Fernadito el ex-s&eacute;ptimo, organizador de los cirios carlistas de a&ntilde;os despu&eacute;s, que renunci&oacute; a sus derechos a favor de Pepe.&rdquo;</div><div><div>  (&ldquo;Pepe&rdquo; es Joseph Napole&oacute;n, conocido amistosamente como Pepe Botella)</div><div>&nbsp;</div><div><div> El resumen del Feldmariscal tiene la virtud de la escueta concisi&oacute;n, pero el asunto es tan extraordinario, e hizo correr tanta sangre decente, que es necesario ampliarlo unos palmos, porque no fue tan sencillo. O sea, con trastienda: Fernando VII ten&iacute;a en Bayona 24 a&ntilde;os y un cabez&oacute;n de mucho m&eacute;rito. Por alg&uacute;n misterio era, adem&aacute;s, el favorito del pueblo, lo que encelaba al p&iacute;cnico de Godoy, curioso Pr&iacute;ncipe de la Paz y hombre marrullero y vigilante. As&iacute; se lleg&oacute; a saber que D. Fernando fue el jefe de un numeroso partido que deseaba su advenimiento y que, como Pr&iacute;ncipe de Asturias, esta dispuesto a advenirse cuanto fuera mediante la Conspiraci&oacute;n de El Escorial, que fue descubierta por el despierto Godoy: &ldquo;Una vasta intriga en que todos estaban envueltos&rdquo;. Se descubri&oacute; por la correspondencia dirigida a Napole&oacute;n (a trav&eacute;s del embajador Beauharnais) en la que el Pr&igrave;ncipe se quejaba de que Godoy quer&iacute;a obligarle a matrimoniar con su cu&ntilde;ada, Mar&iacute;a Luisa de Borb&oacute;n y Fernando lo que quer&iacute;a era la mano de una princesa imperial. Se proces&oacute; a los c&oacute;mplices m&aacute;s notables (Escoiquiz y los duques del San Carlos y del Infantado), que fueron absueltos.</div><div>&nbsp;</div><div><div> No se puede esperar que un hombre como el Pr&iacute;ncipe de Asturias, que tantas pruebas de rencor dio, no aguardara su revancha: con Gody ten&iacute;a pendientes, adem&aacute;s de muchos desprecios y segundos t&eacute;rminos, el asunto de ser el amante de su madre, la reina Maria Luisa de Parma y la esterilizaci&oacute;n de la conspiraci&oacute;n de Aranjuez, que, desde su punto de vista, le hab&iacute;a costado la corona.</div><div>&nbsp;</div><div><div> La oportunidad lleg&oacute; inmediatamente: El Pr&iacute;ncipe de la Paz hab&iacute;a dado permiso a los franceses para invadir Portugal atravesando Espa&ntilde;a porque sospechaban que los ingleses iban a desembarcar all&iacute;, pero ya que pasaban, invadieron todas las plazas fuertes del norte, de modo que Godoy fue acusado de venderse al extranjero y el 17 de Marzo de 1808 estall&oacute; el Mot&iacute;n de Aranjuez, en el que se destituy&oacute; al favorito y se oblig&oacute; a que Carlos IV, pocos d&iacute;as despu&eacute;s abdicara en su hijo, lo que, para mayor diversi&oacute;n, llen&oacute; de j&uacute;bilo a Espa&ntilde;a, siempre inconsciente y con vista de topo. T&oacute;mese nota de las fechas: el 17 de Marzo, el mot&iacute;n; el 23 entraba Murat en Madrid con su ej&eacute;rcito y el 24 el nuevo Rey Fernando, al que volvi&oacute; a aclamar la multidud que, seg&uacute;n parece, no se hab&iacute;a percatado de la invasi&oacute;n francesa.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Raro, porque los gabachos se portaban como los amos de la casa y, para demostrarlo, hicieron que Fernando VII les entregara la espada de Francisco Primero (la que ese rey de los franceses hab&iacute;a entregado al rendirse en Pav&iacute;a), que menos mal que result&oacute; ser falsa.</div><div>&nbsp;</div><div><div> A la nobleza se le puso la misma cara que a Carlos IV en sus mejores tiempos, de puro titubeo: No sab&iacute;a qu&eacute; hacer para la supervivencia entre los reyes destronados, el monarca novel y los due&ntilde;os franceses. La clase media, en cambio, no se anduvo con chiquitas: siempre le gustaba el progresismo y no discut&iacute;a sobre si los de Murat eran auxiliares o usarpadores, los buenos o l: en su opini&oacute;n eran una garant&iacute;a de orden -que tan escaso andaba- y eso aseguraba sus negocios. El pueblo, aunque m&aacute;s analfabeto que arist&oacute;cratas y burgueses, si comprendi&oacute; las intenciones de Napole&oacute;n y cay&oacute; en la meditaci&oacute;n nacional.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Tanto medit&oacute; en ello que Murat y Beauharnais lo vieron y se lo dijeron a Napole&oacute;n: &ldquo;Sire, el pueblo espa&ntilde;ol medita, extra&ntilde;o fen&oacute;eno&rdquo;. Napole&oacute;n comprendi&oacute; el peligro y, sin reconocer a Fernando VII, llam&oacute; a Francia al extra&ntilde;o tr&iacute;o que formaban Carlos IV, la Reina Mar&iacute;a Luisa de Parma y su amante Godoy, matrimonio moderno. A tres. Luego, baj&oacute; a Espa&ntilde;a a meternos en cintura y, como dicen los historiadores cl&aacute;sicos &ldquo;los primates napole&oacute;nicos en Madrid recomendaron a Fernando VII que enviara a su hermano Carlos a recibir al Emperador. Como Fernando accedi&oacute; f&aacute;cilmente, los primates en cuesti&oacute;n aumentaron el cupo real: que fuera tambi&eacute;n Fernando. Aunque el rey dado su car&aacute;cter desconfiaba de todo, acab&oacute; cediendo y se lleg&oacute; hasta Burgos, pero Napole&oacute;n ni siquiera hab&iacute;a abandonado Francia. Como la imprudencia conduce a la imprudencia, bast&oacute; con que el Emperador le dijera que lo aguardaba en Bayona, para que subiera a Vitoria y, desde all&iacute;, a Bayona, donde fue tratado con todo cari&ntilde;o por aquel zorro imperial, de largo jopo y extra&ntilde;o sombrero.</div><div>&nbsp;</div><div><div> No se sabe si el novel Fernando VII aprovech&oacute; para respirar en paz de regreso a su alojamiento. En cualquier caso, Napole&oacute;n le hab&iacute;a tomado el pulso y lo hab&iacute;a catalogado: apenas se hab&iacute;a desabrochado el rey su palet&oacute; cuando fue a verle el mismo que le hab&iacute;a convencido para llegarse a Francia, el marqu&eacute;s de Savary, que le suministr&oacute; un suspenso: De orden de Napole&oacute;n, que hab&iacute;a dejado para siempre de reinar en Espa&ntilde;a.</div><div>&nbsp;</div><div><div> La operaci&oacute;n era digna de un genio militar: mientras Savary dejaba a Fernando en el aire, en levitaci&oacute;n, a merced de sus miedos, Murat llegaba al Escorial y extra&iacute;a al desventurado Carlos IV, una carta a don Antonio de Borb&oacute;n, presidente de la Junta Suprema, desdici&eacute;ndose de la anterior abdicaci&oacute;n y comunicando a don Antonio, que era su hermano, que se iba para Bayona a ver si el Emperador arreglaba aquella ristra de entuertos.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Napole&oacute; hizo a Carlos IV el mismo truco que a Fernando VII: lo recibi&oacute; con una pompa descomunal, que siempre gusta a los esp&iacute;ritus peque&ntilde;os, y orden&oacute; un careo, en su presencia, entre el rey abjurado y el rey despojado. Una especie de versi&oacute;n del Juicio de Paris, donde sus majestades se llamaron casi de todo y se sacaron los trapos sucios ante los ojos divertidos del Emperador: &iquest;C&oacute;mo era posible que hasta trasanteayer mismo alguien temiera a Espa&ntilde;a, aquel coloso paralizado e inventor de la siesta?</div><div>&nbsp;</div><div><div> V&eacute;ase bien la escena: el franc&eacute;s, aceptado como juez de intimidades, y, con &eacute;l, padre, madre e hijo, los tres reales individuos , ech&aacute;ndose a la cara intimidades familiares. La reina, muy especialmente, rega&ntilde;&aacute;ndole en t&eacute;rminos de mal hijo. &ldquo;&iquest;Es que quieres matarnos a disgustos?&rdquo; Y el peque&ntilde;o Fernando argumentando que no toda la culpa era suya, que por ah&iacute; hab&iacute;a y alentaba un tal Godoy, que hab&iacute;a enredado las madejas a su alcance. &ldquo;&iquest;O no?&rdquo;. &ldquo;Remember to Escorial&rdquo;.</div><div>&nbsp;</div><div><div> Recompongamos los sucesos: Fernando hace abdicar a su padre, Carlos IV. Napole&oacute;n degrada al ef&iacute;mero Fernando S&eacute;ptimo. Carlos advierte a la Junta Suprema -a su hermano Antomonio de Borb&oacute;n- que vuelve a ser Carlos IV y que sale para Francia a ver qu&eacute;. Don Fernando, suspendido y todo, se defiende panza arriba de las acusaciones de su adulterima mam&aacute; y de su calzonazos pap&aacute;: si alguien espera que se descorone, puede ir poni&eacute;ndose c&oacute;modo. </div><div>&nbsp;</div><div>Dice la historia que Napole&oacute;n se compadeci&oacute; &ldquo;de un padre a quien un hijo cruel atropellaba&rdquo;. Y tantas lamentaciones, invectivas, reproches y amenazas le solt&oacute; su madre que, anonadado, aquel cruel hijo renunci&oacute; a la corona reci&eacute;n estrenada en beneficio de Carlos IV, y, poco despu&eacute;s, a su t&iacute;tulo de heredero, o sea, de Pr&iacute;ncipe de Asturias. Mientras, Murat expulsaba de Madrid al resto de la familia real, estall&oacute; la dignidad popular, armada con facas y trabucos, lo que hizo que Napole&oacute;n se diera prisa en reunir de nuevo a los reyes y le meti&oacute; un paquete a Fernando, haci&eacute;ndolo responsable de los da&ntilde;os que pod&iacute;an ocurrir y amenaz&aacute;ndole con tratarle como reo de lesa majestad si segu&iacute;a con sus &ldquo;insolentes negativas&rdquo;. Fernando, cruel si, pero valiente no, cedi&oacute; la corona en favor de su padre y &eacute;ste abdic&oacute; en favor del Napole&oacute;n. Como faltaba el detalle de renunciar tambi&eacute;n a su t&iacute;tulo de Principe de Asturias y Fernando dec&iacute;a que eso s&iacute; que no, el Emperador acab&oacute; por amenazarle de muerte y, como bien capaz era, firm&oacute; un documento, refrendado por Escoiquiz y Duroc, el 10 de Mayo de 1808, y fue conducido a Valencey. Espa&ntilde;a procedi&oacute; a abrir la espita de las sangres y Fernando, no regres&oacute; hasta 1814, de nuevo rey. Y era un rey con un plan: hab&iacute;a tenido seis a&ntilde;os para urdirlo. La v&iacute;ctima, quiz&aacute; ya por costumbre, volvi&oacute; a ser Espa&ntilde;a. Guay de los reyes que no tienen cura de su pueblo; ah, Fernando S&eacute;ptimo, aquella delicia de la naturaleza. Se&ntilde;or que lleg&oacute; a ser de un mundo lleno de h&eacute;roes muertos desfilando, con el viento, en la llanura. Qu&eacute; gloria derramada y sin remedio.</div><div>&nbsp;</div><div>DONDE SE SOSPECHA QUE FERNANDO VII NO FUE TAN MALO COMO SE DIJO.</div><div>&nbsp;</div><div> Hasta ahora esta historia no se ha apartado apenas de las versiones habituales de los inicios de la Guerra de la Independencia ni de las consideraciones sobre Fernando VII. No se trata de volver a contar la historia de este rey sino de dar una visi&oacute;n de la Espa&ntilde;a que lleg&oacute;, malherida, hasta 1873 y proclam&oacute; la I Rep&uacute;blica. De lo contado hasta ahora es posible que se saque la conclusi&oacute;n de que los pesares de la Espa&ntilde;a antigua y moderna se han de atribuir en exclusiva a Don Fernando VII, pero verlo as&iacute; ser&iacute;a un error de bulto. O sea, garrafal. Lo evidente es que &eacute;l no empez&oacute;, como dir&iacute;an los ni&ntilde;os tras una pelea.</div><div>&nbsp;</div><div> Don Fernando no era un buen hombre, cierto. Anadaba algo traumatizado y acosado por fantasmas familiares, cierto. Era vengativo, cierto y, adem&aacute;s, cometi&oacute; errores graves, como conspirar contra su padre, subir a Bayona con docilidad o cruzarse con los pinceles de Goya, que era afrancesado y no poco liberal. El mayor de todos, no haberse opuesto claramente desde el exilio a la creaci&oacute;n de las Cortes de C&aacute;diz en 1810 o, al menos, a la promulgaci&oacute;n de la Constituci&oacute;n de 1812 el d&iacute;a de San Jos&eacute;.</div><div>&nbsp;</div><div> Don Fernando pas&oacute; la vida debiendo reaccionar ante condiciones adversas, generalmente desencadenadas por sus enemigos, y tratando de sostener un mundo que se desvanec&iacute;a no por evoluci&oacute;n del pueblo espa&ntilde;ol sino por el trabajo tenaz y oculto de las ideas progresistas de la revoluci&oacute;n francesa. All&aacute; quien prefiera olvidar que, mientras el patriotismo es innato, la ideolog&iacute;a es adquirida, o sea, ense&ntilde;ada por alguien que persigue alg&uacute;n determinado fin. Generalmente &ldquo;el bien del pueblo&rdquo;, claro que sin el pueblo. Si hubo un despotismo ilustrado hasta Don Fernando, cierto que tambi&eacute;n hubo un despotismo sin lustre desde &eacute;l: el constitucionalismo liberal.</div><div>&nbsp;</div><div> Los enemigos internos, del Absolutismo m&aacute;s que del rey en un principio, fueron un prodigio de falta de patriotismo y deslealtad, actuando a expensas de un rey Deseado en el exilio y de los espa&ntilde;oles que daban la vida por &eacute;l y por la &ldquo;Espa&ntilde;a de antes&rdquo;. Crearon un reino por completo ajeno a la vida espa&ntilde;ola y a sus costumbres y tradiciones. O sea, jugaron con ventaja y trataron de hacer una naci&oacute;n semejante a la Rep&uacute;blica Francesa pese a que eran los representantes de aquellos ideales los que asolaban la Patria.</div><div>&nbsp;</div><div> Para entender el fanatismo sectario de aquellos lejanos progresistas, al autor le sirvi&oacute; de mucho ver en el museo una placa de m&aacute;rmol que pon&iacute;a, aproximadamente: &ldquo;Dios hizo a nuestro se&ntilde;or Don Fernando S&eacute;ptimo padre de todos los espa&ntilde;oles&rdquo;. Estuvo en alg&uacute;n canto de calle o plaza hasta que, en una de aquellas, alguien la arranc&oacute; y, d&aacute;ndole la vuelta, practic&oacute; en el centro un orificio que la convirti&oacute; en el asentadero de un retrete. Esta era la clase de los enemigos del rey nuestro se&ntilde;or, gente m&aacute;s que afrancesada y moderna. Gente revirada y secreta y de sentimientos tan fieros como los de An&iacute;bal jurando odio eterno a los romanos. Personas que, a fuer de libres, deseaban imponer la libertad sin percatarse de la contradicci&oacute;n que hab&iacute;a en ello, o sea, incapaces de dejar en paz a los libres. Cuando se conoce la &eacute;poca, nadie est&aacute; legitimado para hablar del liberalismo, o &ldquo;mal franc&eacute;s&rdquo;, como doctrina tolerante.</div><div>&nbsp;</div><div> Buena parte de la mala prensa de Don Fernando como rey, se debi&oacute; y se debe al hecho de que sus enemigos acabaron dominando los medios de comunicaci&oacute;n. O sea, los hechos pueden ser verdad, pero no su interpretaci&oacute;n. El espa&ntilde;ol avisado ha de atender a que un personaje hist&oacute;rico discutido no equivale a ser discutible por toda la eternidad. Hay poderes ciegos que necesitan modificar la valoraci&oacute;n de la historia para justificar sus hechos posteriores. As&iacute;, ha sucedido con Leovigildo, aquel arrianote que mand&oacute; matar a su hijo Recaredo, parece que por cat&oacute;lico y no por golpista en Sevilla. Y con Don Rodrigo, que fue vencido por la morer&iacute;a cuando tuvieron la clave los hijos de Witiza, que trajeron a los mahometanos y favorecieron la defecci&oacute;n de ciertos ambiciosos nobles en el Guadalete. Y con Felipe IV y Felipe V -de distintas dinast&iacute;as- en la Catalu&ntilde;a independentista que, en el caso de Felipe V, estaba invadida por ingleses y holandeses, corte del Archiduque y lugar de importaci&oacute;n de la masoner&iacute;a brit&aacute;nica. Y, en lo moderno, con Primo de Rivera. Sobre todos ellos se ha acumulado inmundicia y se ha persistido en ella. O sea, la persistencia de las terribles versiones de un personaje depende del odio con que se hayan escrito. Del odio y de su alimentaci&oacute;n a trav&eacute;s de los a&ntilde;os. &iquest;Es este el caso de Don Fernando S&eacute;ptimo? En parte sin duda. </div><div>&nbsp;</div><div>Claro que el autor ha sentido desde siempre la satisfacci&oacute;n fascinante de llevar la contraria a las versiones oficiales, que sabe siempre interesadas. </div><div>&nbsp;</div><div>Cuando Napole&oacute;n se atuvo al hecho de que sus armas estaban siendo derrotadas en Espa&ntilde;a, no inici&oacute; contactos con la Junta Suprema ni con las Cortes liberales, sino con Fernando VII. Trat&oacute; con &eacute;l y no por capricho: al contrario, bien supon&iacute;a que Fernando, al que despoj&oacute;, avergonz&oacute; y detuvo, no pod&iacute;a guardarle afecto y dejarse enga&ntilde;ar con la facilidad con que los constitucionales espa&ntilde;oles habr&iacute;an dado. El Emperador, al final de su carrera, sab&iacute;a que Fernando VII hab&iacute;a sido el estandarte de la guerra y que era el &uacute;nico rey que aceptar&iacute;an los espa&ntilde;oles en 1814. </div><div>&nbsp;</div><div>Por supuesto que no pod&iacute;a creerse la versi&oacute;n de lo que m&aacute;s tarde se resumi&oacute; en aquello de &ldquo;Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda de la Constituci&oacute;n&rdquo;. Napole&oacute;n era un hombre inteligente que no ignoraba que Fernando se hab&iacute;a criado en el absolutismo, preparado para ser un rey absoluto, y que los espa&ntilde;oles siempre le manifestaron simpat&iacute;a sin entrar en cuestiones de absolutismo o de constitucionalismo o sin discernir en las sutiles divisiones de los privilegiados que en C&aacute;diz se llamaban, desde que se formaron las Cortes en 1810, &ldquo;serviles&rdquo; y &ldquo;liberales&rdquo;, adjetivos que ya aclaran la tendencia de los progresistas a etiquetar falsa y suciamente a sus contrarios. No jugaban limpio. No eran unos caballeros. No otra cosa se hizo en Francia antes de la revoluci&oacute;n.</div><div>&nbsp;</div><div> Desde esa fecha en Espa&ntilde;a recibir&aacute;n calificativos llenos de mala fe cuantos no est&eacute;n por el progresismo en su versi&oacute;n de cada instante y a&uacute;n hoy se sigue con la costumbre, heredera de aquel juego malvado, tan espa&ntilde;ol, que fue el motejar, gran pasatiempo de la nobleza y que alguna vez acababa en las puntas de las espadas. Hab&iacute;a otra raz&oacute;n: Cuando en Noviembre de 1813 Napole&oacute;n abri&oacute; negociaciones con Fernando, y se firm&oacute; el 11 de Diciembre el tratado de Valencey, las Cortes se negaron a reconocerlo al principio, aunque tuvieron que aceptar dado el clamor popular. Aquellas Cortes hubieran preferido aprovechar para convertir a Espa&ntilde;a en una rep&uacute;blica o para nombrar a un rey que, como fue el caso de Amadeo de Saboya, hiciera de puente entre monarqu&iacute;a y rep&uacute;blica. En 1814 el rey Fernando S&eacute;ptimo, de nuevo como indiscutible Rey de Espa&ntilde;a, regres&oacute; de Francia. El 24 de Marzo de 1814. Ni &eacute;l ignoraba que las Cortes le rechazaban, ni las Cortes se enga&ntilde;aban sobre la malevolencia del rey hacia ellas por tantos y tan reales motivos. Fernando hab&iacute;a comprendido por entonces que es deber de los corazones coronados atormentar a los inicuos.Se sent&iacute;a v&iacute;ctima del destino: nadie, salvo su real padre, hab&iacute;a perdido un reino y lo hab&iacute;a vuelto a ganar. Y tampoco nadie fue tan desgraciado ni guard&oacute; tanta biliosa ira. </div><div>&nbsp;</div><div>Fernando VII entr&oacute; por la parte catalana de la frontera, donde Souchet hizo entrega de la real persona a Copons en Figueras. Pocos reyes han sido tan aclamados como lo fue Fernando en su retorno como vencedor, que fue una larga excursi&oacute;n demorando su entrada en Madrid. En Figueras, en Gerona, en Matar&oacute; y en Reus. Parec&iacute;a como si no hubiera existido la carnicer&iacute;a de la guerra. En Zaragoza, las manifestaciones llegaron al paroxismo, seg&uacute;n quienes las vivieron. Fernando era la dulce victoria y, adem&aacute;s, la esperanza. </div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div></div>]]></description><pubDate>Fri, 11 Aug 2006 16:42:00 +0000</pubDate></item><item><title>INCISO SOBRE EL DESOREJAMIENTO DE ESPA&#xD1;A</title><link>https://unagrandeyrepublicana.blogia.com/2006/072401-inciso-sobre-el-desorejamiento-de-espana.php</link><guid isPermaLink="true">https://unagrandeyrepublicana.blogia.com/2006/072401-inciso-sobre-el-desorejamiento-de-espana.php</guid><description><![CDATA[<div align="center"><strong>INCISO SOBRE EL DESOREJAMIENTO DE ESPA&Ntilde;A</strong></div> <p>&nbsp;</p> <p> Espa&ntilde;a lo es tanto y de tal manera que la mayor&iacute;a de los espa&ntilde;oles no se percatan de que, pese a las cantinelas de sirenas, seguimos viviendo un tiempo especial para nosotros, prolongado desde la francesada ac&aacute;. &iquest;D&oacute;nde si no aqu&iacute; se puede leer un titular que no conseguir&iacute;a traspasar las fronteras sin levantan oleadas de miedo? Es de un peri&oacute;dico convervador-liberal, si tal mezcla es posible: "&iexcl;QUE ALGUIEN ENSE&Ntilde;E A MATAR A TALAVANTE!" </p><p> En Espa&ntilde;a se vive rodeado por lo extraordinario de modo que ya s&oacute;lo se entiende lo extraordinario: lo dem&aacute;s, lo de diario, hast&iacute;a. Y ese gusto por lo poco com&uacute;n, siempre unido a la cultura nacional, inici&oacute; su Edad de Oro con CarlosIV y Fernando VII, aquellos reyes de g&eacute;nero chico y de mente aguada, que entrambos no dispusieron de diez gramos de escr&uacute;pulos en efectivo ni de los 1300 cc. de cubicaje exigibles a la primera magistratura.</p><p> Estamos en la parte previa al objetivo de este Libro, "La Rep&uacute;blica sin Plat&oacute;n" y la intenci&oacute;n era una peque&ntilde;a cabalgada por los antecedentes, pero no se puede hablar del meollo del drama del Siglo XIX y dejar pasar las sucesivas abdicaciones de Bayona ante Napole&oacute;n Bonaparte para comprender que, en el plazo de unos d&iacute;as Espa&ntilde;a tuvo hasta tres reyes a la vez. No precisamente consecutivos sino al tumulto. </p><p> Sin estas exageraciones del talante no se entender&aacute;n los casi dos siglos en que nos descalaveramos a-nosotros mismos. As&iacute; que este historiador, que es de catapl&iacute;n republicano, lo cuenta, y all&aacute; el lector con las consecuencias que se desprenden de los hechos y que a&uacute;n vivimos: son como un tic que arponea cromosomas "Y" que pasan de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n no menos de ocho veces.</p><p> &Aacute;tese el cintur&oacute;n de seguridad y ad&eacute;ntrese en lo que hizo de este reino una Espa&ntilde;a esquizofr&eacute;nica, o sea, con el alma partida. Con el alma rota y los perendengues flojos. Se empieza con una cita -reciente- del Feldmariscal Von Thies, en su "Historia de la chufla aplicada". Bonn, 2015, de la colecci&oacute;n "Ediciones para la prevenci&oacute;n del Bacilococo", donde se capta lo ya advertido: que en Espa&ntilde;a se viv&iacute;a, en 1808 y ahora, inmersos en lo extraordinario: </p><p>   <strong><em> "Cuando pap&aacute; e hijo pidieron a Napole&oacute;n que hiciera de &aacute;rbitro en la zapatiesta que ten&iacute;an entre ellos, &aacute;quel (Napole&oacute;n) comprob&oacute; in situ la clase de berzas que ten&iacute;a delante, especialmente cuando, el fel&oacute;n devolvi&oacute; la corona a su pap&aacute;, aquella que le quit&oacute; en Aranjuez, y el pap&aacute;, libremente, la puso a los pies de Napole&oacute;n que la acept&oacute; encantado. Entonces Napole&oacute;n pens&oacute; en darle la corona a Luciano, a otro hermano y finalmente a Pepe, es decir, que tuvo que tardar alg&uacute;n tiempo en decidirse y, mientras tanto, Napole&oacute;n fue rey de Espa&ntilde;a &iquest;Por qu&eacute; no figura en la lista de reyes espa&ntilde;oles? Habr&aacute; que solucionar esa injusticia. </em></strong></p><p><strong><em> Adem&aacute;s de la felona familia real en Bayona, el Consejo de Castilla y la mayor parte de la nobleza acat&oacute; la decisi&oacute;n de sus ex-soberanos y de Napole&oacute;n; y tambi&eacute;n un tal Carlos, hermano de Fernadito el ex-s&eacute;ptimo, organizador de los cirios carlistas de a&ntilde;os despu&eacute;s, que renunci&oacute; a sus derechos a favor de Pepe." </em></strong></p><p align="center">("Pepe" es Joseph Napole&oacute;n, conocido amistosamente como Pepe Botella)</p><p> El resumen del Feldmariscal tiene la virtud de la escueta concisi&oacute;n, pero el asunto es tan extraordinario, e hizo correr tanta sangre decente, que es necesario ampliarlo unos palmos, porque no fue tan sencillo. O sea, ten&iacute;a trastienda: </p><p> Fernando VII ten&iacute;a en Bayona 24 a&ntilde;os y un cabez&oacute;n de mucho m&eacute;rito. Por alg&uacute;n misterio era, adem&aacute;s, el favorito del pueblo, lo que encelaba al p&iacute;cnico de Godoy, curioso Pr&iacute;ncipe de la Paz y hombre marrullero, vigilante y ligero de cascos. As&iacute; se lleg&oacute; a saber que D. Fernando fue el jefe de un numeroso partido que deseaba su advenimiento y que, como Pr&iacute;ncipe de Asturias, esta dispuesto a advenirse cuanto fuera mediante la Conspiraci&oacute;n de El Escorial, que fue descubierta por el despierto Godoy: <em>"Una vasta intriga  en que todos estaban envueltos"</em>.  	</p><p> No se puede esperar que un hombre como el Pr&iacute;ncipe de Asturias, que tantas pruebas de rencor dio, no aguardara su revancha: con Godoy ten&iacute;a pendientes, adem&aacute;s de muchos desprecios y segundos t&eacute;rminos, el asunto de ser el amante de su madre, la reina Maria Luisa de Parma y la esterilizaci&oacute;n de la conspiraci&oacute;n de Aranjuez, que, desde su punto de vista, le hab&iacute;a costado la corona. </p><p align="center">(No se pierda el final del Culebr&oacute;n de las Abdicaciones. En breve seguir&aacute;.)</p><p align="center">&nbsp;</p><p align="center">&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Mon, 24 Jul 2006 21:39:00 +0000</pubDate></item><item><title>HUBO OTRA REP&#xDA;BLICA</title><link>https://unagrandeyrepublicana.blogia.com/2006/072102-hubo-otra-republica.php</link><guid isPermaLink="true">https://unagrandeyrepublicana.blogia.com/2006/072102-hubo-otra-republica.php</guid><description><![CDATA[<p><a href="http://photobucket.com" target="_blank"><div style="text-align: center"><img src="//unagrandeyrepublicana.blogia.com/upload/externo-32a4e4add4cd7242306327e08e719e0c.gif" border="0" alt="Photobucket - Video and Image Hosting" /></div></a></p><p align="center">  LA REP&Uacute;BLICA SIN PLAT&Oacute;N. </p><p>Edici&oacute;n a cata y cala</p><p>Garant&iacute;a de calidad Trapezos&reg;. Toda la verdad y un poco m&aacute;s.  </p><p align="center"><strong>I CUANDO ESPA&Ntilde;A EMPEZ&Oacute; A REVENTAR</strong>  	</p><p> El Siglo XIX, &eacute;poca de desastres y tejemanejes, fue el m&aacute;s lleno de historia, el m&aacute;s movido y apresurado de cuantos ha vivido Espa&ntilde;a hasta el momento. Y el m&aacute;s injusto, fel&oacute;n y sangriento. Se dir&iacute;a que nuestra sociedad perdi&oacute; la cabeza una vez que supo que hab&iacute;a perdido la honra a manos de la francesada y la verg&uuml;enza a causa de Carlos IV, Fernando S&eacute;ptimo, Napole&oacute;n, Pepe Botellala y la Pepa. Espa&ntilde;a comienza el Siglo XIX en 1801, con Carlos IV reinante, aquel Borb&oacute;n que retrat&oacute; Goya junto a su familia, demostrando: </p><p>    A).- Que el pintor ten&iacute;a un mal&iacute;simo concepto de aquel grupo de personas, a las que retrat&oacute; en alma y cuerpo. Sin complejos.</p><p> B).- Que, en efecto, el Rey Carlos y los suyos debieron ser algo torpes porque no se dieron cuenta del poco favor que les hizo Goya, y le pagaron el escarnio; porque caras como las del Rey, la Reina y el entonces infante Fernando, son escarnios y, adem&aacute;s, profec&iacute;as. </p><p>Mal se presentaba el siglo inaugurado entre la efervescencia Napole&oacute;nica, la continuidad de los Pactos de Familia, aunque con los borbones franceses substuidos por el imperio del Gran Corso y con los pocos alcances de sus gobernantes que descansaban sobre un garrido mozo, antiguo Guardia de Corps pasado por el lecho real, tambi&eacute;n llamado Pr&iacute;ncipe de la Paz. Sin duda el t&iacute;tulo se lo dio Carlos IV, aquel pobrete incapaz de prever el futuro que le aguardaba. </p><p> Fue empezar la centuria y desembocar en la lucha napole&oacute;nica contra Inglaterra, que mala nos la dio en la batalla naval frente al cabo Trafalgar, hermoso nombre para valientes muertes, y brav&iacute;os gestos, empezando por la agon&iacute;a de Espa&ntilde;a. All&iacute; se hundi&oacute; la mejor flota espa&ntilde;ola, privando al Imperio del reino de los mares, lo que llev&oacute; a Inglaterra, casi en el acto, a atacar Buenos Aires y otros lugares de Espa&ntilde;a algo alejados del tumulto europeo, aunque pensaban ya en organizar sus propios tumultos, todos desconocedores de que, doscientos a&ntilde;os despu&eacute;s, la armada espa&ntilde;ola acudir&iacute;a al mar ingl&eacute;s para felicitar a la Home Fleet y a su reina por la singular victoria de Trafalgar y no mencionar que, pese a todo, los espa&ntilde;oles arrancamos la piel de aquel pirata que se llam&oacute;, en el siglo, Lord Nelson. </p><p> El Pr&iacute;ncipe de la Paz, Manuel Godoy, haciendo gala de perspicacia, tard&oacute; poco en autorizar a los ej&eacute;rcitos de Napole&oacute;n para que atravesaran Espa&ntilde;a y ocuparan Portugal, tradicional aliado de Inglaterra y patria de los vinos de Oporto, muy estimados por la corte brit&aacute;nica. Era Godoy un pedazo de persona: hermoso, p&iacute;cnico y, para entonces, gordo y algo fofo. Le gustaban las mujeres y dem&aacute;s placeres de sobremesa y, con sus haza&ntilde;as cameras, no malas, dio en pensar que dispon&iacute;a de un notable talento, gracias al que Espa&ntilde;a fue invadida a la vez que Portugal, con la corte encantada por tan poderosos hu&eacute;spedes, los afrancesados pas&aacute;ndose ediciones de la Enciclopedia Francesa, y el pueblo, abierto el ojo, pregunt&aacute;ndose c&oacute;mo nadie se daba cuenta de que, desde la morer&iacute;a, ning&uacute;n ej&eacute;rcito extranjero hab&iacute;a pisado el solar espa&ntilde;ol. </p><p> Eran el progreso, que nunca cesa en su carrera hacia las malas noticias, y la estupidez, unas veces cong&eacute;nita y otras de conveniencia. </p><p> Los sucesos posteriores a la llegada de la &ldquo;arm&eacute;e&rdquo; francesa e imperial, siguen algo confusos. O sea, se sabe lo que pas&oacute;, pero no se sabe si Carlos y Fernando ten&iacute;an siquiera caletre o estaban afectados por la regresi&oacute;n de alg&uacute;n cromosoma de origen franc&eacute;s. El caso fue que, abdicando los unos en los otros y teniendo en Bayona a Napole&oacute;n de juez (que ya era tentar a la suerte m&aacute;s de lo admitido), result&oacute; rey de Espa&ntilde;a Jos&eacute; Bonaparte, Jos&eacute; Primero, alias Pepe Botella, que s&oacute;lo ha sido reivindicado cuando en Espa&ntilde;a se ha vuelto a imponer la vieja costumbre de alabar a los invasores: &aacute;rabes cult&iacute;simos y franceses ben&eacute;volos e ilustrados, o sea, un ejemplo que m&aacute;s nos vale seguir en beneficio del teatro de variedades. </p><p> Todo parec&iacute;a atado y bien atado, hechas las entregas de Espa&ntilde;a y de su verg&uuml;enza al Emperador, con Murat en Madrid haciendo chistes sobre la lenidad de los altos mandos del Ej&eacute;rcito Espa&ntilde;ol y preparando planes por si el pueblo acababa d&aacute;ndose cuenta de la ilustraci&oacute;n que le hab&iacute;a ca&iacute;do encima. </p><p> Y as&iacute; fue. Tuvo que ser una viejuca que, al pasar frente a palacio, vio lo que vio y grit&oacute;, con ese pronombre tan familiar: &ldquo;&iexcl;Que se nos los llevan!&rdquo;. Pan bendito, lector, y despertador garantizado de almas hisp&aacute;nicas. El pueblo de Madrid, que parec&iacute;a abstra&iacute;do en sus asuntos y pensando m&aacute;s en los Sanisidros, y en los manteos de monigotes, que en los berzas de sus amos, se despabil&oacute; y se puso a cazar franceses. Tantos como pudo. Y repetidamente. Los Capitanes Generales parece ser que se hicieron los distra&iacute;dos y el peso de la sublevaci&oacute;n contra los invasores cay&oacute; sobre oficiales de Artiller&iacute;a e Infanter&iacute;a, sobre el Parque de Montele&oacute;n y sobre un tal Malasa&ntilde;a, que s&iacute;, que la ten&iacute;a. </p><p> Todos, los oficiales, Montele&oacute;n y Malasa&ntilde;a resultaron destruidos pero, al menos, con honor y verg&uuml;enza patria. Ya antes Murat puso en funcionamiento un cuidadoso plan para motines e hizo cargar a su caballer&iacute;a mora, los mamelucos, sobre el pueblo de Madrid, compuesto a la saz&oacute;n por majas y por chisperos, cada cual con su faca en la faja o en la liga, sin comprender que estaban inaugurando la llamada &Eacute;poca de las Naciones.</p><p> De aquellos mamelucos, en estado salvaje y bigotudo, qued&oacute; el dicho de &ldquo;portarse como un mameluco&rdquo;. Si Napole&oacute;n miraba las cosas desde cuarenta siglos de distancia en perpendicular, los mamelucos, m&aacute;s prosaicos, se produc&iacute;an a sablazos porque ya no eran exactamente los mamelucos de los sultanes del El Cairo, famosos por ser castrados y fieros. </p><p> Casi a la vez, el Alcalde de Torrej&oacute;n, popular por tener las ideas claras en un mundo confuso, sali&oacute; al balc&oacute;n de su aldea y declar&oacute; la guerra a Francia. Una guerra que en Espa&ntilde;a conocemos como la de la Independencia y en el resto del mundo como la &ldquo;Guerra Peninsular&rdquo; que, por cierto, gan&oacute; don Arturo Wellesley, Duque de Ciudad Rodrigo (que asol&oacute; &eacute;l mismo), m&aacute;s famoso como Wellington, hombre constante y de muy mal perder. </p><p> As&iacute; las cosas, los Espa&ntilde;oles se pusieron a luchar, a excepci&oacute;n de los afrancesados de entre los que Jos&eacute; Bonaparte escogi&oacute; a los administradores, ministros y corregidores. No se enga&ntilde;e el lector: no era gente blanda sino gente que consideraba que era el momento de modernizar Espa&ntilde;a, o sea, de convertirla en una segunda Francia, mediante el empleo contundente de una constituci&oacute;n liberal que acabara con los privilegios. Adem&aacute;s, Napole&oacute;n, prodigio de invasores, les dec&iacute;a que de eso mismo se trataba y los t&iacute;os se lo cre&iacute;an, siempre y cuando siguieran con sus cargos en la Espa&ntilde;a Moderna. Oh, desgraciado Siglo Negro. </p><p> As&iacute;, desde el principio, mientras los espa&ntilde;oles, en partidas, daban la vida por Espa&ntilde;a y por el gusto de cepillarse franceses a la salud de Fernando VII, El Deseado, monarca absoluto; mientras los espa&ntilde;oles, de uniforme, ganaban la batalla de Bail&eacute;n y derrochaban valor en los sitios de Zaragoza y de Gerona, los afrancesados, sin elecciones, se nombraron representantes de todos los espa&ntilde;oles y, encerrados en C&aacute;diz, donde las gaditanas se hac&iacute;an tirabuzones con las bombas francesas, iban redactando la primera constituci&oacute;n espa&ntilde;ola siempre que dejaban de discutir sobre toros en aquellas famosas Cortes. O de aporrearse.</p><p align="center">(Se recuerda que este r&aacute;pido resumen es precisamente eso, r&aacute;pido, como introducci&oacute;n para llegar adonde conviene)</p><p>&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Fri, 21 Jul 2006 22:11:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
